I. El último espartano
Asterion nació cuando Esparta ya era un recuerdo.
Los ancianos todavía hablaban de Leónidas. De las Termópilas. De trescientos hombres que eligieron morir antes que dar un paso atrás.
A los niños se les enseñaba que llevaban esa sangre.
Asterion se lo creyó todo.
Entrenó hasta sangrar. Sangró hasta no sentir. Aprendió a dormir en el suelo, a callar el hambre, a sostener el escudo con el brazo roto. Porque un espartano vuelve con el escudo o sobre él.
Y un día miró alrededor y entendió la verdad.
Esparta había muerto mucho antes que sus guerreros.
Roma decidía sus guerras. Roma juzgaba sus pleitos. Roma les dejaba conservar sus costumbres, como quien le deja a un perro viejo su manta.
Y los hombres que hablaban de honor agachaban la cabeza ante quienes decían despreciar.
Asterion empezó a preguntar.
Primero a sus maestros.
Después a los sacerdotes.
Al final, a los dioses.
Nadie contestó.
II. El escudo en el altar
En el año 146 antes de nuestra era, Roma arrasó Corinto y Grecia dejó de ser libre.
Asterion vio volver a hombres que todavía se llamaban espartanos. Habían luchado, obedecido y muerto por causas que ya no eran suyas.
Aquella noche entró en el templo, dejó su escudo frente al altar y salió sin mirar atrás.
Tenía dieciocho años.
No desertó de Esparta.
Desertó de aquello en lo que Esparta se había convertido.
III. Hacia donde se pone el sol
Seis años de camino hacia Occidente.
Fue mercenario de reyes que olvidó, de ciudades que no le importaban, de hombres a los que jamás respetó. Vendió su espada en Italia, en las islas, en las costas del mar de en medio.
Ganaba batallas que no eran suyas y dormía con la espada debajo del brazo.
Hasta que llegó al valle del Iber.
Y allí encontró Salduie.
IV. Salduie
No tenía los mármoles de Corinto.
No tenía las murallas de Roma.
No tenía las leyendas de Esparta.
Pero estaba viva.
Barcas cargadas en el río. Niños corriendo entre casas de adobe. Herreros, pastores y guerreros compartiendo la misma calle y el mismo vino. Nadie necesitaba recitar el nombre de un héroe muerto para saber quién era.
Por primera vez en su vida, Asterion encontró un pueblo que no vivía de su pasado.
Vivía de su presente.
Se quedó.
Aprendió su lengua. Comió su pan. Entrenó a sus jóvenes en la orilla del río, enseñándoles a cerrar el escudo como se cerraba en Laconia.
Y amó. Amó como nunca le habían dejado amar en Esparta, donde hasta el amor era un deber.
Durante doce años, Asterion fue feliz.
Él, que había nacido para morir con gloria, descubrió que lo difícil era vivir con alegría.
V. Las legiones
En el 133, Numancia cayó tras años de cerco. Sus defensores prefirieron el fuego a las cadenas.
Roma no se detuvo ahí.
Las columnas bajaron por el valle del Ebro a cobrarse las deudas, las de verdad y las inventadas. Pueblo a pueblo. Pozo a pozo.
Y una noche del año 128, las legiones llegaron a Salduie.
Asterion conocía esa forma de marchar. La había visto en Grecia. Sabía lo que venía detrás de los estandartes.
Por primera vez en dieciocho años, volvió a ponerse delante de una muralla.
VI. La noche de las cenizas
Los espartanos tienen un voto.
No se rompe el escudo. No se abandona la formación. No se pelea con odio, se pelea con disciplina. La muerte se da limpia, de frente, y se respeta al que cae.
Esa noche, Asterion rompió el voto entero.
Los suyos ardían. La casa donde había amado ardía. Los niños a los que había enseñado a cerrar el escudo ardían.
Y algo, en mitad del humo, le habló.
Nadie sabe qué fue. Nadie sabe quién.
Asterion solo sabía que la disciplina ya no le bastaba.
Rompió la formación. Persiguió a los que huían. No dejó en pie a nadie que hubiera tocado una antorcha. Hizo cosas que ningún dios de Esparta le habría perdonado.
Cuando salió el sol, Salduie era ceniza. Y los legionarios que la quemaron, también.
VII. El Velo
Asterion había pasado media vida buscando respuestas en los dioses.
El Velo no le ofreció ninguna.
Le ofreció algo mucho más peligroso:
elegir.
La Luz exige fe.
La Oscuridad exige obediencia.
La Penumbra no exige ninguna de las dos. Solo te pide que aceptes que todo hombre carga con su sombra, y que decidas qué haces con ella.
Asterion aceptó.
Tomó el Velo esa misma mañana, de rodillas entre los escombros.
Así nació Asterion Velorum.
Y desde ese día, no ha vuelto a envejecer. Tiene treinta y seis años. Los tendrá siempre.
VIII. La Legión de Ceniza
Quedaban pocos.
Mercenarios. Sedetanos. Exiliados. Hombres y mujeres sin casa a la que volver.
Asterion caminó entre las ruinas y se arrodilló. Cogió un puñado de ceniza todavía caliente y se la extendió por la cara.
Y dijo:
«Una ciudad existe mientras alguien recuerde su nombre.»
Uno a uno, los demás hicieron lo mismo.
Asterion recogió del suelo un viejo escudo de bronce, negro por el fuego. Con aquella ceniza dibujó sobre él el símbolo de su nueva hermandad.
Así nació la Legión de Ceniza.
No juraron defender a reyes.
No juraron defender imperios.
Ni siquiera juraron defender ciudades.
Juraron defender aquello que los imperios intentan borrar.
Desde entonces, cada nuevo miembro de la Legión recibe en la cara una marca hecha con las cenizas que se guardaron aquella noche.
Las llaman las Cenizas de Salduie.
Y a los que las llevan, el pueblo los llama cenizos.
IX. La segunda muerte
Pero Roma no necesita quemar una ciudad para borrarla.
Salduie se levantó de sus cenizas. Y Roma volvió, esta vez sin antorchas.
Primero los comerciantes.
Después los tratados.
Después las leyes.
En el año 89, los mejores jinetes de Salduie cabalgaron por Roma en Italia, y Roma les pagó con su ciudadanía. Asterion los vio marchar orgullosos. Tenía ya setenta y cinco años, y la misma cara que la noche del fuego.
Y en el año 14, sobre la tierra de Salduie, empezó a levantarse una colonia nueva.
Calles nuevas. Estandartes nuevos. Veteranos de tres legiones.
Y un nombre nuevo:
Caesaraugusta.
Asterion vio a niños aprender a decir Caesaraugusta sin haber oído nunca la palabra Salduie.
Entonces lo entendió todo.
Esparta murió sin desaparecer.
Salduie desapareció sin morir.
Asterion había visto las dos formas de matar a un pueblo. Y había sobrevivido a las dos.
X. Lo que lleva encima
Por eso Asterion no reza.
Ya entregó una vez su vida entera a un credo, y el credo le dejó solo frente a un altar vacío. No ha cambiado a los dioses de Esparta por el Velo. Si sigue a la Penumbra es justo porque la Penumbra no le pide que deje de dudar.
Por eso nunca más ha abandonado una ciudad.
Y por eso, siglos después, sigue caminando por Bloodveil con la cara marcada de gris.
Bajo su casco, en las grietas de su escudo, en el filo de su espada de plata, lleva algo que ningún imperio le ha podido quitar.
Las cenizas de la ciudad que hubo antes de Zaragoza.
Habilidades
Si lidera, la Legión de Ceniza entra en combate Inspirada. Los aliados de Penumbra ganan hasta +40 de Velocidad y +30% de probabilidad de crítico. Cada crítico de la Legión trae Inspiración y, en su punto más alto, cada Inspiración trae un Favor según la clase de quien la recibe.
Espadazo de plata que deja al rival con Sello, de 1 a 2 turnos sin poder usar sus Gestas. Gana hasta un 16% de daño extra y, en su punto más alto, le arranca un 10% de Ansia de Sangre.
Asterion recupera del 8% al 32% de escudo. En su punto más alto, el muro cubre a todos sus aliados.
Tira el dado y se alzan tantos Soldados de Ceniza como marque. En su punto más alto, llegan con el Ansia de Sangre a tope.
Barre a todos los rivales a la vez, con hasta un 20% de daño extra.
Cuanto más cerca está de caer, más pega: hasta un 50% más de daño cuando le queda menos de la mitad de la vida.
Quien cae bajo su Golpe o su Gesta queda Erradicado: no vuelve a esa batalla. Y por cada aliado de la Legión de Ceniza que cae, Asterion gana escudo, Ansia de Sangre, Salud Máxima y Defensa. Cuanto más solo se queda, más peligroso es.
Su habilidad definitiva. Se carga con cada Golpe y cada Gesta de la Legión de Ceniza. Cuando la barra se llena, Asterion golpea con hasta dos veces y media su daño y se vuelve Inox: nada le hace daño, hasta 3 turnos.
Le pregunté si echaba de menos Esparta. Me dijo que no. Que echaba de menos Salduie, y que eso era peor.
Lord MagniConoce a Asterion de verdad
Desbloquéalo, súbelo de nivel y llévalo a combate. Bloodveil: Legends es gratis, sin pay-to-win, y ya puedes jugar.